Pero en Núñez también se brinda: es que el mismo día, allá por 1873, nacían los dos barrios de Cabildo, el de arriba y el de abajo, el que nada en el río y el que corretea en sus parques, el que va prolijo al trabajo y el que vuelve sin ducharse de jugar a la pelota. Dos hermanos que se parecen poco y sin embargo andan siempre juntos.

Hay una web que rescata la vida de los barrios y que resiste con entereza desde un costadito de Internet. Como sentada a la sombra de un árbol. Como el viejo escarabajo traqueteando el carril lento de la avenida, indiferente al tránsito que galopa a su izquierda haciéndolo vibrar. Se llama "barriada" y guarda un secreto sencillo: su casilla de mensajes permite que la gente escriba sobre sus lugares. En 2011, por ejemplo, Laura anotaba que vive en Crisólogo y Balbín y que tuvo la dicha de haber nacido un 27 de abril, mismo día que su barrio. Esta vecina expresaba sus ganas de organizarle el cumpleaños a Saavedra y aprovechaba para contar sobre un emprendimiento que estaba comenzando: una feria virtual, pero con espíritu barrial.

Algunos mensajes datan de 2006, con Internet apenas gateando y sin redes sociales a la vista. "Todos los años vuelvo a mi barrio y busco a personas imposibles de encontrar", escribía Mario y rememoraba los sitios de su juventud: la confitería Cristal, el bar de Cabildo y Republiquetas y el cine Estrella, entre García del Río y Paroissien. Muchos publican un comentario deseando reencontrarse con amores y amistades que dejaron en el barrio. Ofrecen su casilla de mail por si acaso alguien los llegara a conocer. Roberto pide una foto de Ramallo 3035, la casa donde nació, porque le cuesta regresar. Adrián es de Zapiola 4634 pero la crisis se lo llevó a España, y extraña. Rubén nació en Núñez y Estomba y busca información sobre su abuelo: "Paraba en el Tábano y lo conocía a Goyeneche". Noemí dejó un mensaje a fines de 2007 y Zunny dos años después: ambas pasaron su infancia a metros de la plaza Vicuña Mackenna, eran tiempos de la tristemente célebre Revolución Libertadora y ambas andaban buscando a sus amiguitas de aquella época. "En Estomba 3790 vivió el prestigioso pintor Juan Carlos Miraglia", aporta uno y pretende honrar la memoria del artista. Y el barrio tiene vida. Un abrazo de dos amigos que se cruzaron de casualidad en el almacén de Superí. La correa del perro que se soltó y su dueña que lo llama a los gritos por Jaramillo. Un patrullero que anda despacio por Arias, intimidando a los vecinos del Barrio Mitre. Un picado en la 1° de Marzo y un nene que se embarró el short de Platense. El bocinazo del tren que cada noche asusta a la viejita que vive sobre Plaza, casi al lado del correo.

Cosas que pasan desapercibidas tal vez, pequeñeces que se les escurre a los que son de aquí, y que alumbran sin embargo la memoria de los que tuvieron que marchar. ¿Por qué será que se hace extrañar tanto Saavedra? Tantos amigos buscándose. Gente mayor atreviéndose a tipear en la computadora, sin ayuda, con un nudo en la garganta. "Había un viejito que vendía en verano los higos que traía de su quinta, el carro del lechero pasaba todas las tardes, la sombra de los árboles, la fuente de los deseos en la plaza", recuerda Zunny. "¡Uy, mi querido All Boys! -se emociona una mujer y habla de su profe de vóley- Una vez nos pusieron a pelar papas para una fiesta que se hacía a beneficio del club. Venía poca gente: nosotras y unos muchachos del barrio que teníamos locos". Se ríe sola, y arroja su risa del otro lado de la cancha.
No es navidad el 27 de abril, pero hay brindis en los barrios de Cabildo. Y los vecinos de edad que se quejan de las cosas, porque ya no son como antes, y mirando con recelo a los pibes que pasan por su vereda tomándose de la mano. ¡Si leyeran los comentarios que dejan quienes no tuvieron más remedio que irse! Hasta se darían cuenta de que quizá no están tan solos como creen, porque alguien los ha estado buscando.
Treintañeros que llegan todo el tiempo, desempolvándose el fastidio de la ciudad y rastreando el lado B de Buenos Aires. Poblando el barrio de vuelta, enamorándose del lugar, con ganas de participar, con cosas para aportar. El Parque Saavedra es el corazón del paño nuestro invisible y una muestra de lo alegre que es la vida cuando se hace en comunidad, con la libertad trabajada de los que están dispuestos a compartir el espacio y no pretenden adueñárselo, con la convicción de lo público: esas cosas que funcionan siempre y cuando nadie se quede (¿queda?) afuera. Desoigamos los temores infundados que destila la tv. No hay razón para vivir con miedo en un barrio así, tan provincia no que parece mentira.

Hay un mensaje para Rubén en la casilla de la "barriada": una mujer sabe de un vecino que lo conoció a su abuelo y se ofrece para contactarlos. Es una historia vieja, de mayo de 2008. Pronto serán diez años de ese encuentro entre Rubén y el amigo de su abuelo, que seguramente existió en algún lugar cerca de Estomba.

El tiempo es veloz y un barrio puede ser un juego muy dinámico, por más tranquilo que parezca. En su paño arrojamos nuestros dados, y el cubilete se llena de luna por la ventana cuando nos asomamos de noche. Está en nosotros cómo habitar el espacio, cómo devolverle su bondad. Un día nos habremos ido y todo aquí seguirá intacto, con su aire limpio y gentil.

Facundo Baños
Para Revista Industria Argentina
facundo.1810@gmail.com

 
 

Una mañana de marzo llegué a la casa de Ani y Agustín para conversar acerca de sus recuerdos del barrio de Núñez. La charla fue un viaje por aquellos años en los que el barrio era jugar en la vereda, comprarle la leche y el hielo al vendedor ambulante, ir a los partidos de Platense en Pedraza y Crámer, y conocer, por supuesto, a todos y cada uno de los vecinos de la cuadra. Un paseo de recuerdos por los años 50, 60, 70. La historia de dos personas que se conocen desde que nacieron y viven desde siempre en su casita de la calle Juana Azurduy.

La entrevista fue larga y muy rica en anécdotas y relatos del barrio, por esta razón la publicaremos en dos partes. Una primera parte a continuación y la siguiente en la próxima edición de Revista Industria Argentina.
Ani había nacido hacía pocos días y Agustín, con dos años de edad, vecino y amigo de su hermano, la cuidaba y la miraba mientras dormía en su cochecito en un rincón del cuarto. "Ella había nacido de ocho meses, como no había incubadora la mamá le ponía bolsitas de agua caliente alrededor. Yo la miraba, y cuando lloraba iba corriendo a la cocina y le decía a su mamá: 'Señora, la nena llora'". Así empieza esta entrevista, que habla del barrio desde el amor y la ternura de una historia única, la de Ani y Agustín.

¿Qué conocen de los primeros años de sus padres en el barrio?
Ani: Mi abuelo era ebanista y compró su casa en 1908, en Juana Azurduy y Vidal, eran los terrenos loteados de una familia reconocida en la zona, la familia Roca. Y así fue que llega desde Asturias y se instala en Núñez con toda la familia, mi mamá era recién nacida. En esta zona lo único que había eran dos casas, en la esquina un almacén y un despecho de bebidas.
Cuando mi abuelo falleció en 1921 estaban haciendo el adoquinado de Juana Azurduy.

¿Cómo era la vida en el barrio en los años de su infancia?
Agus: Yo viví el arroyo Medrano, vi también el entubamiento. Conozco el Parque Saavedra con sus famosas torres y esas fotografías que hay, con el puente levadizo. Me acuerdo de haber jugado en la montaña de tierra que se armaba cuando empezaban con la obra de entubamiento. Me acuerdo de los puentes que había en las calles para usar cuando se inundaba el arroyo. Eran puentecitos que se abrían y se cerraban, tenían una forma triangular, en punta, sobre los que la gente pasaba.
La leche la traía el lechero, siempre me llamaba la atención, llegaba con la vaca y el ternero por la calle, se ordeñaba ahí mismo. Estaban también el hielero, el panadero, el pescador, el verdulero, el hombre con los mimbres. También el barquillero, uno lo llamaba, era un tacho y tenía una ruleta, vos tirabas y sacabas uno, dos, o tres barquillos.
Ani: Había un personaje que fue famoso, le decían Doña María, un viejito que era de cuento, pelo blanco, bigote blanco, peticito, siempre con su traje color café con leche. Aparecía con la canasta y entonces decía DOÑA MARIA, DOÑA MARIA PONGA LA PAVA EN EL FUEGO, CALIENTE EL CHOCOLATE QUE LLEGARON LOS CHURROS. Lo llamábamos Doña María porque no sabíamos el nombre. Traía los churros o unas galletas de miel redondas y unos perritos hechos con esa misma masa. Era famoso en el barrio.
Agus: Jugábamos todos juntos, porque éramos barras de chicos y chicas.

¿A qué jugaban? ¿Cuáles eran sus hobbies?
Ani: Vidal estaba cortada por Platense, no pasaban coches, igual la gente no tenía coche por lo general. Eran pocos. Entonces se podía jugar sin problemas en la calle, no pasaba nada. Los chicos habían pintado una pista de autos, de punta a punta, y a los cochecitos, que eran de plástico, los rellenaban con masilla para mantener el equilibrio y jugaban en la pista que era toda la cuadra.
Agus: Jugábamos a la pelota, pasa que la policía no quería. Colectivos por acá no pasaban, el único era el tranvía 4, y el 36, por Crámer. Después aparecieron los ómnibus de la Corporación, el que es hoy el 151 era el 51. También pasaba el 10, que después fue el 192 que venía de Chacarita. Cabildo tenía un boulevard en el medio.
Ani: Cuando éramos chicos los hobbies eran jugar, primero y principal, no estaba de moda ir a los clubes y esas cosas. Entonces era jugar. Cuando fui más grande, con alguna amiga íbamos a caminar por Cabildo a ver vidrieras.
Mi hermano, por ejemplo, porque tenía asma le recomendaron que hiciera natación, y lo hicieron socio de River, íbamos con mi mama y él hacía natación, yo me volvía loca de celos, pero los dos no podíamos, porque económicamente no se podía. Mi papá trabajaba en una empresa de telegrafía y telex, era lo máximo que había, empezó de mensajero y después llegó a jefe de cuentas corrientes. Mi mamá era ama de casa y profesora de piano. Vivíamos con una hermana soltera de mi mamá y mi abuela.
Me fascinaba estar con mi abuela. En casa no me obligaban a hacer las cosas, pero tenía que aprender a hacerlas, entonces mi abuela tenía una silla bajita de mimbre y se sentaba para tejer, y ahí se sentaba también cuando limpiaba verdura. Yo me sentaba al lado porque me gustaba escuchar las cosas que me contaba, mientras me hablaba me iba enseñando. Me contaba de sus vivencias de chica, no fue al colegio y sin embargo tenía una gran pedagogía para trasmitir las cosas.
Agus: En ese momento las chicas no salían de la casa, yo era varón, estaba todo el día en la calle. Iba al colegio, hacia los deberes y después a la calle. Jugábamos a la pelota, a las figuritas, a las bolitas, la mancha, la escondida, cigarrillo 43, la billarda. ¿Sabés lo que es la billarda? Es un palo, le hacíamos punta en los dos lados, lo poníamos en el suelo y con otro palo le pegábamos, saltaba el palo y ganaba el que llegaba primero a la esquina.
También juagábamos al patrón de la vereda. Un chico se ponía en el medio y no te dejaba pasar. Le decíamos: "Señor patrón de la vereda, ¿me dejaría pasar? - No, no lo dejo pasar". Entonces uno corría por un lado, otro por otro, y cuando agarraba uno era ese el próximo patrón de la vereda.

¿Qué recuerdan de los clubes de barrio?
Agus: En el barrio íbamos a los carnavales que se organizaban en los clubes, donde también tocaban las orquestas de tango. Las chicas iban vestidas de fiestas, los hombres de traje.
Cada tanto a la cancha de Platense venían orquestas importantes, había baile con disco, tenía un salón enorme. Pero era para gente mayor. Los adolescentes íbamos a jugar al billar y a la noche íbamos al cine, veíamos de a tres películas. En Núñez estaban los cines Elite y Estrella, uno quedaba en Cabildo y Campos Salles, el otro en Cabildo más llegando a General Paz. El Estrella era un cine de menor categoría, pasaban series, le decían el Pulguero porque había muchas pulgas.

 
 

Vive en Núñez, pero ama Saavedra, barrio en el que nació y vivió junto a toda su familia. Su abuelo tenía un almacén en la esquina de Superí y Juana Azurduy, punto de encuentro de vecinos y artistas. Creció rodeada de inmigrantes, jugaba en la vereda con sus hermanas, su madre le contaba cuentos, pintaba plazas por todo Buenos Aires, paseaba por el Parque, dibujaba en papel de almacén. Sus experiencias de vida fueron el material con el que luego construyó sus mejores personajes en cine, teatro y televisión. Beatriz Spelzini, una actriz que eleva el escenario y hace que el aire de una sala se corte con un tijera, una artista argentina que creció en uno de los barrios más privilegiados de Buenos Aires. En esta edición una entrevista directo a sus recuerdos y vivencias en Saavedra.

Yo soy de Saavedra. Toda mi familia era de Saavedra, mi abuelo tenía almacén en la esquina de Juana Azurduy y Superí. Fui al colegio Santa Clara, mi prima fue al Molinari, estábamos todos en el barrio, era un barrio muy lindo. Con mis hermanas pasábamos mucho tiempo en el almacén, jugábamos en la vereda, teníamos el acceso libre a la calle, pero siempre con el límite de mi abuelo que nos miraba.
Recuerdo que vivíamos en una cuadra de inmigrantes, mi abuelo del norte de Italia; en la otra punta, el italiano de Nápoles que tenía la pescadería a la vuelta; en el medio, gallegos; enfrente, rusos y otro italiano; ingleses a la vuelta, estaba el que llamaban El Boy y también La Daisy.

"Lo que rescato de esa época es que había que ocuparse de lo social, y no éramos los únicos los hijos de inmigrantes, había más gente en la argentina. El otro nació ahí, era ver al otro de verdad, tener sensibilidad, algo básico para construir una comunidad barrial".

En el teatro pude usar tanto ese barrio, porque esa cuadra era un retrato del mundo. Los que habían venido en la primera inmigración, los que habían venido en la segunda gran inmigración. Y el almacén recogía todos los acentos. Yo estaba mucho tiempo adentro del almacén con mi abuelo, aprendí de todo ahí. El barrio para mí fue la paleta de colores que después me sirvió para el teatro. Y sí, porque es así, tu vida te sirve, pero la fortuna que tuve de vivir en el almacén y de vivir en la vereda me llevó a esto.

¿Algunos recuerdos del almacén?
En el almacén se vendía querosén, solvente para las estufas de la época, papas, todo suelto. Me acuerdo cuando apareció la bolsita de nylon y destituyó al papel que envolvía las galletitas sueltas. Fue una decepción para mí, lo recuerdo con tristeza, porque nosotras dibujábamos con esos papeles. Mi mamá, para calmarnos, nos daba siempre papel de almacén para dibujar, era un papel hermoso, liso de un lado y poroso del otro, entonces podías trabajar con tinta, y hacer lo que querías.

"Las casas estaban abiertas y todos los vecinos cuidaban un poco de todos".

¿Qué recordás con alegría?
El barrio era una fiesta. Si yo te tengo que decir la mejor etapa de mi vida es la infancia, mas allá de que el paraíso perdido siempre es el más lindo, pero yo tuve una infancia tan ordenada. La escuela, las fiestas familiares, las navidades todos juntos, los regalos. No sobraba nada, pero tampoco faltaba. Y emocionalmente vivía absolutamente contenida.
En el barrio había algo maravilloso que eran los dos cines, el Aesca y el Cumbre, sobre Avenida del Tejar. Se llenaban. Creo que en cada uno entraban 1500 personas sentadas. Mi mamá era fanática del cine (por algo yo soy actriz), y los sábados almorzábamos y nos íbamos al cine, llevábamos una vianda y nos quedábamos desde la una y media hasta las ocho de la noche mirando películas en continuado. Recuerdo también que íbamos a las fiestas de carnaval en clubes como El Tábano, también íbamos a Platense y los domingos al Parque Saavedra.
No necesitábamos más, sinceramente.

Beatriz Spelzini estudió Bellas Artes, pintaba y se quería dedicar también a ser cantante. Luego estudió teatro en IFT e ingresó en la escuela de arte dramático. Allí descubrió un mundo nuevo. "Me empezó a fascinar".

¿Qué fue lo que te dio ganas de estudiar teatro?
Yo le debo a Miguel Cardella, profesor que tenía en el IFT, la confianza enorme que me dio. Mi primer año en el IFT fue todo un descubrimiento. Después quise entrar en el conservatorio y la verdad es que me empezó a fascinar.
Por otro lado, creo que saqué mucho de mi mamá, porque ella me contaba muchos cuentos del campo, mi mamá era muy sensible, entonces te hacía las voces. Yo lloraba con sus cuentos, también me reía, hasta que me dijo, bueno, basta de llorar sino no te cuento más, porque yo quería que me los contara para llorar. Mi mama traía un mundo de cuentos, de los rayos que pasaban a través del rancho, y la gente se quedaba en silencio porque sino no podías respirar, porque sino el rayo iba para donde vos estabas, y yo me imaginaba un rayo que buscaba el movimiento.

Sobre sus clases de teatro:
Doy clases desde siempre, siempre tuve como actividad paralela: la docencia. Junto con Mara Bestelli, (que es de Villa Urquiza y es una enamorada de ese barrio) damos clases para adultos, formación de actores. Pero ahora presentamos un proyecto en la Biblioteca Popular Cornelio Saavedra, pero no estaría dirigido exclusivamente a actores, sino a gente que quiera ir a conocer ciertas leyes del teatro, pero sin la exigencia de formarse como actor. Me gustaría incluso poner una obra, vamos a ver, es un proyecto.
Yo mamé la cultura del trabajo con mi viejo y con mi madre y la trasladé al trabajo del actor. Para mí el talento tiene que ver con la capacidad de trabajo.
Lo que no tiene raíz en la experiencia no contagia. La imaginación se arma de la experiencia, después te asiste, pero con el recupero de tus vivencias. La experiencia siempre está haciendo algo con vos aunque no lo sepas ni te des cuenta.

Una imagen, una sensación, una palabra sobre el barrio:
Mi abuelo. El barrio, también mi madre, el parque, pero mi abuelo lo resume y lo contiene todo.

Entrevista hecha por Soledad Gonzalez Alemán
Para Revista Industria Argentina

 

Más sobre Beatriz Spelzini, www.beatrizspelzini.com - Escuela de formación actoral: Estudio Spelzini Bestelli. - En Facebook: @spelzinibestelli