Siempre supe de ella. Desde que comenzamos con la creación de La Revista de Saavedra pienso en su historia y me pregunto cómo habrá sido ser la mujer de un grande, de quien empezó en su adolescencia cantando en clubes del barrio y terminó haciendo giras por todo el mundo, diciendo el tango como nadie, interpretando las letras en carne viva, como si las palabras quemaran, amaran y cortaran.
Luisa, mujer, compañera, musa del gran Polaco Goyeneche, el indiscutible decidor del tango, el padre de Roberto y Jorge, el hombre de ella, el amigo de Troilo, de Juárez, de Garello, de Fito, de Adriana, el que dormía de día y actuaba de noche. El que grababa dos versiones de un mismo tema y se publicaban ambas, porque nadie quería dejar una afuera, porque eran distintas y las dos abrían ventanas del alma. "Vivió 68 años pero fueron 3.000", así lo dijo su hijo, Roberto.
Ella fue su aliada, lo seguía, lo cuidaba. Fue su amor hasta su última sonrisa y sigue siéndolo, desde el hogar que compartió con el Polaco toda la vida, en el barrio que él llevó como marca personal, Saavedra.
Soledad González Alemán

 
 

"Ahora es Coghlan, pero siempre fue Saavedra. Andá a decirle al viejo que el barrio de su casa es Coghlan y no es Saavedra, ¡te mata!"

Así comenzamos la charla en el living de la casa del Polaco, junto con Luisa y Roberto, hijo de ambos. "Saavedra siempre cortó en Congreso, pero un señor quiso inventar los 100 barrios porteños, entonces agrandó Coghlan, que se circunscribía a la estación".

¿Cómo se conocieron?
Nos conocimos acá en el barrio, en una fiesta de carnaval en El Tábano, mi papá tenía el buffet y lo atendían mis hermanos.
Ese día bailamos unas piezas y me dijo: "Bueno, ¿nos vemos un día?". Nos dimos una cita en Ciudad de la Paz y Mendoza, porque mi hermana trabajaba por ahí. Yo entonces le dije a mi mamá que la iba a buscar a ella para irnos después a mirar vidrieras por Cabildo. Al final nos desencontramos con Roberto y cuando me estaba volviendo a casa en el 67 nos encontramos en el colectivo. Tenía que ser nomás. Nos enamoramos, él era un chico de barrio y yo una chica de barrio.

Después él se venía a la puerta de casa, a esta misma casa en la que yo vivía con mis padres. Yo salía a la puerta, a la tarde temprano, antes de que volviera mi papá. Mi papá tomaba el 35 que pasaba por Melián y como nosotros lo veíamos venir, él se iba por el otro lado. Pero un día mi papá viene por el otro lado y nos vio. ¡Vivo el viejo! Y este se escapó, pero mi papá lo fue a buscar. "Venga para acá mi hijito". Y con el tiempo lo aceptaron en la familia.
Nos casamos después de cinco años de novios, en 1948, yo tenía 19 años y él 22.

¿Cómo era la vida de ustedes en el barrio?
Una vida común. Esa pregunta viene bien. Yo muchas veces no digo que soy la esposa de Roberto. Yo soy yo, punto. Pero la gente me mira, como diciendo "¡uy la familia de Goyeneche!" Yo no lo veo así. Somos viejos del barrio, siempre fuimos iguales.

¿Cómo empezó la historia del Polaco con el tango?
El hacía los concursos de baile del Federal Argentino. Un día ganó el primer premio que era cantar con Raúl Kaplún. Era muy chico, no lo dejaban viajar solo entonces la mamá lo esperaba cuando bajaba del tranvía, y Kaplún lo esperaba en la otra cabecera. Después tuvo otros trabajos. Trabajó en la tapicería con la abuela, después de colectivero, y también en la aeronáutica, siempre de chofer. Luego nos casamos, en ese momento él trabajaba en la Corporación del Transporte, y ahí un día subió Otero, que era el representante de Salgán y lo escuchó cantar, y le dijo: "- ¡Pibe, cómo cantás! ¿cantás en algún lado? - No, yo canto trabajando. - ¿Y no te gustaría cantar? - Sí, pero ¿yo voy a cantar con Salgan? - Sí, mañana si querés te voy a ver a tu casa". Le preguntó donde vivía y se apareció en casa. Le dijo: "El maestro te quiere ver y probarte". Fue a probarse, y con locura. Cantó una sola estrofa y le dijo: "Empezás mañana".

 
 

¿Qué lugares del barrio elegían para pasear?
Roberto: Íbamos a San Quintín, que ahora es una agencia de coches. También a La Sirena, que era un clásico, en las paredes había fotos de cuando los caballos se ataban en palenques.

Luisa: Este es el mejor barrio del mundo. Nunca viví en otro barrio, acá echamos raíces y eso lo hace un lugar sagrado. Porque nacimos nosotros, nacieron mis hijos, nació mi nieta, mi bisnieta. Todos fueron al mismo colegio que fui yo, me casé en la iglesia Santa Maria de los Ángeles, donde mis hijos también tomaron la comunión. El barrio es como mi casa.
También caminábamos por el Parque Saavedra, llevábamos a los chicos. Él hacia los barriletes y los remontaba. Los hacíamos con las cañas de azúcar que íbamos a buscar a la quinta de Avenida del Tejar.

Roberto, ¿qué recuerdos tenés de tu papá?
Desde el año 80 yo le manejé la carrera, viajábamos por todo el mundo y recuerdos tengo miles. Éramos muy compinches. Una vez en Café Homero, cuando terminó de cantar, se me acerca y me pregunta cómo había salido. Le dije que no había estado bien, y me preguntó por qué. Le dije: "Porque estuviste toda la semana con cuarenta grados de temperatura, y ahora estás con treinta y ocho, ¿cómo querés que salga bien?"
En otra oportunidad viajábamos a Japón y veinte días antes se cayó, se clavó una mesita y hubo que punzarle un pulmón. El médico sugirió no viajar. Pero fuimos igual y se comió treinta y seis horas de vuelo. En ese sentido su trabajo era sagrado. Aparte siempre decía: "No todos pueden trabajar de lo que les gusta, yo encima de que hago lo que me gusta, me pagan".

Luisa, ¿cómo era acompañar a un hombre así, responsable y exigente?
No fue fácil. Hubo que estar mucho atrás de él, cuidarlo. Acá en casa no se hablaba del canto, era una casa común y silvestre. Él era el papá, yo la mamá, ellos los hijos. Lo que pasa es que acá no venia nadie, esta era la casa de él, esto era privado, de día no venía nadie. Pero cuando ellos terminaban de trabajar, en lugar de irse a un boliche, como lo que más les gustaba era charlar después del trabajo, le propuse que vengan a casa. Yo me iba a dormir y ellos se quedaban hasta la hora que querían ¿Y sabés con que se quedaban después de escuchar tanta música? Con los versos del Chacho Santa Cruz. Unos poemas bárbaros. Todos quedaban melancólicos, él, Juárez, Diango y tantos más.
Yo me quedaba con ellos, les hacia el café, les traía el whiskey, los vasos y después me iba a dormir. Los dejaba porque ellos querían hablar.

Roberto: Tuve la suerte de conocer a los grandes monstruos de lo que era la noche de Buenos Aires. Aníbal Troilo, Juanjo Domínguez, Adriana Varela, Leopoldo Federico, los roqueros Charly, Baglietto, Fito venían acá y cantaban a dúo Garua. Con Leopoldo veníamos de hacer una gira por Brasil y en el avión me dice: "Me puedo morir tranquilo, acompañé a los dos mejores cantores del mundo, acompañé a Sosa y ahora acompañé al Polaco".

 
 

Luisa, ¿a qué se dedica en la actualidad?
Siempre me dediqué a la familia y a la costura. Desde hace unos años soy voluntaria del Hospital de niños. Es un trabajo hermoso. Yo atiendo una sala, primero te van probando, a ver dónde quedás mejor. Probé terapia, neonatología, farmacia y después me mandaron a ecografías. Voy temprano, preparo la sala, las camillas, los cuadernos, pongo el gel en los potecitos, dejo que la sala esté en orden, así 8.30 se empieza a trabajar. Pongo las órdenes en su lugar y traigo a los chicos, los hago sentar adelante y cuando el doctor me da la señal empiezo a llamar. Completo informes para el médico. Hago tres horas a la mañana. Ahora este año estoy con vacaciones especiales, porque estoy con un problema de salud, pero tengo muchas ganas de volver. Es un trabajo hermoso.

Roberto, ¿cómo era Luisa como mamá?
Roberto: Era mamá y papá. Es que papá dormía de día, porque trabajaba de noche. Hacía ella los dos papeles.

Luisa: Antes la vida era distinta, antes la vida era más fácil. Los chicos jugaban solos en la calle, no había ningún problema. Iban solos al colegio. Yo me asomaba a la esquina y los veía venir, no tenía necesidad de ir a buscarlos. En cambio ahora es distinto.

¿Qué opinan del tango que se escucha actualmente?
Luisa: Acá todo el día se escucha tango. Yo prendo la radio y tengo la 2 x 4 todo el día encendida.
Roberto: El tango sigue viviendo de los grandes monstruos que tuvo. Porque no le dan cabida a los nuevos. Hay nuevos muy buenos a los que no les dan entrada. Yo tengo programa de tango, por internet, tengo llamadas de todo el mundo. La vez pasada me dijeron: "Usted no pasa a tal", y no lo paso porque a mí no me gusta, porque para mí no es cantor. Hay algunos que los están inventando porque tienen plata, pagan. Hay cantantes nuevos, que son cantantes de profesión, pero les falta la calle. Cantan al unísono, lo que el profesor les enseña. Y el tango no es así, me lo dijo mi viejo.

 
 

¿Cómo vivieron el momento en el que se hizo famoso?
Roberto: Nosotros no teníamos dimensión de la verdadera grandeza que tenía.
Luisa: Sabíamos que era una persona importante, que era un artista.

Roberto: Sabíamos de su potencia, pero nunca tomamos conciencia
de la envergadura monstruosa que se había creado. Y él tampoco. Se fue sin saber la dimensión de lo que había generado.
Luisa: Nosotros nos dimos cuenta de lo que había generado, al final, cuando estuvo enfermo e internado en el sanatorio.
 
Roberto: Cuando estuvo internado nos pidieron veinte dadores
de sangre, urgente. Nosotros no queríamos salir en los medios,
pero había que salir para pedir los dadores. Llamé a Rivadavia, Mitre,
Mundo, Continental y Splendid. Cuando volvimos al sanatorio ya
estaban los móviles de exteriores. Eran las diez de la mañana y se me acerca el jefe de hemoterapia, me dice: "¡Basta! Te pedí veinte y vinieron como 200 y pico de personas". Todos esos días Pueyrredón estaba cortado, era una masa de gente.

Roberto: Dejó mucho. Murió con 68 años, vivió 3.000. La enseñanza
que dejó adentro del tango no muchos la dejaron.

Luisa: Nosotros sabíamos que él era un muy buen cantante, pero la
dimensión con el público y con la prensa fue cuando estuvo internado.
Un día miro desde la terracita del sanatorio y digo: "¿Qué es toda esa
gente?" Y me dice Roberto: "Vienen por papá".

Roberto: Tengo muy grabadas las palabras de Atilio: "No se fue un
cantor, se fue el único decidor que tuvo el tango en la República
Argentina".

 
 

¿Cuáles eran sus pasiones?
Roberto: Platense, Saavedra, su casa.
Yo le decía en broma: "Papá, quizás podemos mudarnos". Me decía: "De acá me sacan con las patas para delante".

Luisa: Y ahora a nosotros también.

Roberto: Una vuelta jugaba Platense y Boca en la cancha de Boca, se
suspende por lluvia, al otro día viajábamos a París. Cuando llegamos a
París, lo primero que pregunta es cómo había salido Platense.
Estábamos en París, en un bar, y se nos acerca una persona, nos dice:
"Estos adoquines son del 1700". Y él me dice: "Los de Saavedra son
más lindos".

 
 

Su barrio siempre era mejor. Su barrio, su club, su vida.
Se lo extraña mucho. Se lo extraña siempre y cada vez más.
 
Soledad González Alemán
Fotos: Fede Berthet
Foto de tapa y de portada de nota central provista por Luisa y Roberto Goyeneche, del living de su casa.

 
 

Programa de radio de Roberto Goyeneche. Escuchalo todos los lunes a las 19 hs. por laerreu.caster.fm
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